Caras, baratas. Sencillas, garigoleadas.
En todas se baila como Peanuts.
¿Para qué es la fiesta? Solo dura un día y al siguiente no hay nada.
Parecen conciertos. Imaginen a Bad Bunny recibiendo la energía vital de la audiencia por dos horas y luego… nada. Regresa a su cuarto: silencio, eco.
Solo eso.
Nunca tuve fiesta de XV.
Aún no me he casado.
Lo más cercano son mis tres años.
Salón rentado, inflables, hamburguesas de McDonald’s con juguetes de Los Increíbles y dos señores con panza disfrazados de Spider-Man y Batman. Gran fiesta.
Recuerdo las fotos, pero no el día.
¿Lo hicimos por las fotos?
Nah.
No teníamos Instagram.
Lo hicimos por la experiencia.
La banda tocando una norteña bien tronada, mientras la quinceañera, con chambelanes y compañía, dan vueltas en un círculo invisible a media pista. Invocamos a Diógenes. Comemos carnitas y tomamos alcohol.
Cuando venía de morro jugaba con mis primos, corriendo entre mesas y saltando en el brincolín, haciendo amigos como si nada. Pronto todo se volvía un “las traes”.
Luego solo iba a tomar y a ver si una morra me hacía caso.
Ahora vengo de invitado con una chava que apenas conozco y que no quería venir sola a una fiesta familiar.
Fiestas.
Caras, baratas. Sencillas, garigoleadas.
En todas se baila como Peanuts.
Son la arquitectura del tiempo.
Cada una es un templo. Con solo recordarla te transportas a esa época.
Me recuerdo de chambelán y aún siento en mi piel el traje rentado que llevaba puesto, y huelo la pólvora de los fuegos artificiales. Aún siento los lentes cuadrados que solía tener.
En ese vals no bailamos como Peanuts, pero sí con estilo.
Sexy Bitch, de Akon.